León de sombras

El socio

#cuentosDelColapso

—Oiga, no me ha dicho cómo se llama, bueno, no es que me haga falta saberlo, pero llevo tanto tiempo en aislamiento que me urge hablar con alguien. Déjeme adivinar, es un perito. Es que no tiene la facha de ser alguno de los cabrones de aquí. No me diga que reabrirán el caso, eso estaría a toda madre. Estoy dispuesto completamente a cooperar —le decía yo al cabrón que me había llevado a esa sala, pero el tipo sólo hojeaba el expediente en silencio.

—Sí, ya sé, ahí dice que tengo nombre de mujer, pero yo no tengo la culpa de eso, yo soy bien hombre y se puede comprobar. Si me reduce la sentencia, le cuento todo. Lo que sea con tal que me baje la sentencia. Aquí siempre estoy frío, ni un rayo de sol. No he tocado nada ni a nadie desde que me trajeron aquí —le insistía, pero el cabrón sólo me miró de rápido y regresó al expediente, cambió la hoja y apareció la foto de un cuerpo partido por la mitad.

—Ya se me había olvidado cómo quedó ese fulano —le dije. Quería ganarme su confianza—. La neta, la neta, no quería hacerle daño. Eso tiene que jugar a mi favor. ¿No? Fue el Daniel que insistió, como si perdiera mi voluntad y me volviera su pinche esclavo. Siempre fue así. Desde que lo conocí ya le gustaba probar el filo del acero en la carne. Primero conseguía piezas de carnicería para hacer filetes, cortes sobre carne ligeramente veteada, decía que esa era la mejor. Después cortamos huesos, se necesita un cabrón muy fuerte para quebrarlos de un putazo. Lo que más disfrutaba yo era ver las grietas del hueso, esas rayas sin forma por las que se asoma la sangre y luego el tuétano rosado. Compró un cerdo entero, ese güey, mi socio, fingió que era un taquero y cortaba un cacho de lo que yo le pidiera un taco. ¿A qué no sabe de qué son los tacos de nenepil? —pero el perito no se inmutaba, ese hijo de la chingada.

Y le seguí contando —Pues es como un campechano de nana y buche. El chiste es que un día, estando en su casa, el cabrón entró con un perro que recogió de la calle. Pinche loco, de un putazo le rompió la primera pata, la delantera. El perro estaba tan asustado que bramaba por todo el patio. Tenía una mirada de un pinche espanto… eso le mamó a Dan. Algo le movió en su cabecita de mierda. ¿Pues no anduvo correteando al perro para quitarle las otras tres? Quería convertirlo en un tamal de perro, así, un bultito sin patas. Pero el pinche perro no aguantó, ya con la tercera pata rota se desplomó y no hubo cómo reanimarlo, creo que se murió del susto. El Dan no estuvo tranquilo hasta tener su pinche tamal aunque el perro ya estuviera muerto.

El perito sacó una plumita barata y, en un cuardenito bien pinche, empezó a garabatear. —Si, póngale, Daniel, así se llamaba el cabrón —pero el perito parecía escribir otra cosa completamente distinta a lo que le iba diciendo. El pedo es que yo ya estaba encarrerado, ¿no les pasa, que ya están a la mitad del chisme y ya no se pueden parar?— Pues ya no se aguantó, yo estaba seguro de que el Dan quería cortar carne humana. Yo pensé que nos meteríamos a una morgue o algo así, pero me saqué mucho de pedo cuando se vistió de ninja, sí, de ninja. ¿De dónde vergas había sacado el cabrón el puto disfraz? Cuando dejé de reír ya estábamos en la puerta de la convención de comics y esas madres. Pues la neta entramos sin pedos, si vas bien disfrazado te dejan meter hasta una bazuca los pendejos. El caso es que este güey se paró frente a un Gokú, yo no sé por qué le tiene tanto odio. Con un movimiento de su mano me empujó hacia él, yo no quería, pero cuando sentí el filo entrarle a media barriga, comencé a entender lo que le gustaba a Dan. ¿Sabe que el abdomen es un simple saco de vísceras que cuando uno lo destapa todas cuelgan? El pinche Gokú berreaba mientras intentaba regresarse el triperío. Ya para ese momento Dan le cortaba el cuello, quería ver si era cierto aquello del sangrerío cuando cortas la “vena yugular interior”. Así me lo dijo, “vena yugular interior”, el muy mamón—. Y el pinche perito seguía sin pelarme el puto. Pa’ pronto que saca su celular y se pone a sacarle fotos al expediente y hasta a mi me sacó fotos.

—¿No puede conseguirme algo que cortar? Para el tedio, ya sabe —le volví a decir, pues me la tenía que jugar, igual me decía que sí y pues terminaba usando el filo otra vez. Pero nada, ese hijo de la chingada estaba terco en aplicarme la ley del hielo.

Me quedé callado un rato pero no me aguanté esas ganas de terminar la historia, total ya estaba por acabar. —No me lo va a creer, pero al principio la gente no entendió que nos los estábamos chingando. Los pendejos creían que era un performance o una madre así. Luego, histéricos, todos empezaron a correr, pero no sabían ni a dónde, neta que en bola si se ponen re-orates. A donde estábamos llegó una mujer muy linda, venía disfrazada de marinerita con cabello de colores. Me gusta el cabello de colores raros, la hubiera dejado en paz, pero ya sabe, el pinche Dan. Ese güey estaba ya frenético, como si se hubiera metido una raya de coca. Agarró y le acercó el filo a los cabellos pintados para quitarle un mechón, se emputó cuando se le cayó la peluca y vió que su cabello era castaño. No se lo perdonó, simplemente le clavó el pico en el ojo derecho. Esas si son lágrimas de sangre me cae de madre. Ya no supe si sobrevivió o no, porque se nos aventó un güey con pijama verde. Si estaba bien mamado el cabrón, entre los dos no podíamos quitárnoslo de encima. Luego se escucharon las patrullas y el pinche Dan que se me queda viendo así, bien malicioso, hasta miedo me dio. Y ya que estaban por separarlos, que usa mi filo para cortarse bien profundo. No lo esperaba, la neta, no lo esperaba.

Estaba yo contando la parte más emocionante y que se abre la puerta del cuartito y entra otro güey con traje viejo de polyester. Yo creo que se conocían porque lo saludó bien confianzudo. —Licenciado, qué milagro, ¿por qué tan solito?

—¡Solito ni madres! —le grité al puto.

—Todo bien Lic, ¿Tú cómo estás? —dijo el perito, ¡ninguno de los dos me peló! ¡pinches cabrones con su jueguito!

—Muy bien, ya sabes, lo mismo de siempre. ¿En qué caso andas? —preguntó el señor polyester.

—El del güey ese que entró a una convención con una katana e hirió a varios —le contestó el perito, yo ya estaba intrigado a ver hasta dónde seguían con sus pendejadas.

—Ah sí, ahí en Reforma ¿no? —le pregunta polyester. Luego se me acerca, se me queda viendo así, bien atento, como si hubiera descubierto el hoyo de su pinche madre—. ¡No mames! ¿Ésta es la katana? —preguntó el puto.

—¡Ya le había dicho aquí a su compa que tengo nombre de vieja, pero que soy machín! —les grité, pero ¿a que no adivinan? Seguían ignorándome los dos.

—Si, esto es todo lo que hay en las evidencias: el expediente y esta katana. Mi cliente está acusado por dos homicidios y daños a un tercero, su familia quiere que metamos un amparo contra la sentencia y me pidieron que hiciera otra pericial psicológica —Eso que dijo el perito ya no lo entendí muy bien, pero por eso le han de pagar.

—¿Y cómo vas? ¿si los sacas? —preguntó polyester. El cuarto se quedó en silencio un momento. ¿Sí sacarían al Dan? No mamen, si a ese güey lo sacan, a mí con más razón, lo pensé, pero no lo dije.

—Pues su perfil me sale muy normal, mi cliente dice que él nunca había lastimado a nadie. Que él se le aventó al tipo vestido de ninja que traía la katana, pero que ese cabrón se cortó a sí mismo. El pedo es que el juez lo sentenció por los dos homicidios y las heridas del ninja—. ¡Pinche Dan! ¡Se la mamó! Así, ¡S-E L-A M-A-M-Ó! ¿Ahora resulta que él fue la víctima?

—¡Si le llevo diciendo a este pendejo que fue pedo del Dan! —les grité, pero nada.

—No pues ta cabrón —contestó polyester— ¿puedes establecer la pertenencia de la katana a un tercero?

—No, no puedo, pero se me hace muy raro que mi cliente se llame Gabriel y, en la empuñadura de la katana, esté grabado “Dan”. Vamos a ir al amparo, pero me cae que nos lo tiran —lo dijo sin emoción el cabrón, así como resignado el pinche perito. Luego se me acercó, me empuñó y jugó un par de veces a cortar el aire conmigo—. Si se siente bien cabrón, ¿no crees que cuando sabes que una cosa se usó en un homicidio, se vuelve más interesante? Como si tomara vida propia —dijo el pendejo antes de meterme en la pinche cajita oscura y fría.

León de Sombras

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