El rescate
#cuentosDelColapso
Juan salía diario cuando el frío bajaba y el sol le hacía tolerable las excursiones exteriores. Los últimos ajustes de cuentas dejaron en la región, una anarquía de facto, sin comercio formal, sin servicios. La otrora ciudad de México, es ahora un lugar solitario, sin gente, sin autos, es un gran cementerio gris de aire enrarecido, pesado y hostil.
Algunos días, Juan, iba a las zonas verdes, ahí los perros, las ardillas o las ratas son su mejor recompensa. Hoy no, hoy salió buscando una barreta de metal de dos o tres metros de largo. Le hace falta una palanca para mover un bloque de concreto, detrás del cual, él cree que hay latas de comida y otras conservas. Encontrar azúcar ya no es sencillo.
Deambuló sigilosamente toda la mañana y encontró una fábrica. Una de esas de los años cuarenta, una nave grande con ventilación en el techo.
Debía ser precavido porque el lugar parecía habitado. Como un gato subió al techo determinado a acampar para conocer la rutina de los habitantes, saber cuántos eran y si eran peligrosos. De su maleta remendada, sacó un harapo grande hecho de hebras, era una cobija improvisada que le ayuda como incipiente camuflaje y también como resguardo para las noches frías.
Esperó antes de avanzar y llegar a los extractores, esas bolas que giran para sacar el aire caliente y que le permitirían ver hacia adentro. Pegó su oreja en el techo e hizo el esfuerzo por detectar movimiento. Cuando se sintió cómodo con el silencio, se arrastró lentamente hasta el primer extractor inerte por años de corrosión. Abajo apareció una figura encaramada, pálida y delgada.Ella dormía en el piso, sus ropas, si se pudieran llamar así, denotaban batallas que libró contra todos y contra todo. Su piel, más clara que Juan, tenía el color grisáceo del maltrato y de su vecindad con el piso desnudo. Sus pies estaban descalzos, uno de ellos atado a un lazo que le restringía el movimiento, sus manos apresadas juntas al frente y un semblante de bondad que Juan adoró. Cualquiera diría que era una copia opaca, desenfocada y trastornada de los retratos de mujeres que todavía cuelgan de las paredes. Juan intentó recordar la última vez que vio a una. Durante la huida, cuando Juan era niño, hubo muchas mujeres pero entre los que se quedaron no recuerda haberse cruzado con alguna. Juan buscaba describir ese calor y curiosidad que le provocó esa mujer cautiva, pero “bella” era una palabra que jamás aprendió.
El sol bajó y el frío subió hasta sus pies. Él se echó imitando la postura de la mujer para mantenerse caliente. Juan, sintió cierta empatía con Cecilia. Si, Cecilia, ya la había bautizado sin cruzar palabra con ella, ese nombre le parecía bonito para una mujer, además era el único que sabía por ser el nombre de ese vago recuerdo que fue su madre. Ambos embestidos por el frío, enroscados en sí mismos, uno en el piso, otro en el techo.
Entre las sombras surgieron pasos que se abrieron camino a la fábrica. Una media luz se encendió, tan tenue que para Juan era difícil distinguir las cosas. La silueta de un hombre dejó sus cosas en algún lugar fuera de la vista, pero, por el sonido del bulto, se entendió que tenía algún tipo de arma pesada.
Cecilia despertó de su letargo y se protegió en una esquina, en cuclillas y como abrazándose a sí misma. Cuidarse es lo único seguro que tiene, no es dueña de nada, ni de sus harapos, ni de la cuerda esclavizante. Incluso dejó de creer que poseía sus piojos cuando el Lobo, como ella le llama a su captor, la llevó a rastras a un hoyo en el piso donde había agua, el Lobo dijo que eso era un río, y la tiró todavía amarrada. Luego de sacarla y secarla, él la embarró con un líquido verde que había obtenido de hervir hojas de eucalipto. Cecilia se entristeció mucho porque los piojos, a quienes les consideraba sus únicos compañeros inseparables, la abandonaron. Otras veces, muerta de aburrimiento, platica con las moscas y hormigas que se acercan a su bote de mierda. Un día, que el Lobo estaba de buen humor, atrapó una cucaracha, con un ánimo infantil, le arrancó las alas y las patas. Luego cantó y bailó grotescamente -La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta marihuana que fumar.- Esa canción sin sentido se convertiría en el mantra que Cecilia recita para abandonar el tedio y evitar la locura, siempre parada en el abismo de la soledad y la esclavitud.
El Lobo era más grande y corpulento que Juan, cubierto hasta la boca con retazos de ropa mal cocida, sólo dejaba salir un mechón entrecano de cabello y unos ojos secos de compasión. La presencia de Cecilia pareció no importarle, como quien pasa de largo los muebles de su casa. Después de algunos ruidos, otra luz se encendió en el lugar, era mucho más intensa, más cálida. El Lobo había encendido una fogata y se notaba asar una paloma o un ave de buen tamaño.
Para Juan, el olor a paloma asada le resultaba irresistible, además llevaba ya tres días sin probar bocado por lo que, a expensas del olor, sus tripas comenzaron a gruñir como preparándose para el festín. Sacó una botella de plástico gastada y sorbió algo de agua, eso debería de entretenerlas un poco.
Cuando Juan regresó la vista al interior de la fábrica, vio al hombre dejar un pedazo del ave en el piso cerca de Cecilia. Ella corrió hacia la comida, pero no la alcanzó, los lazos que la maniataban le evitaban tomarla. El Lobo se sacó el pene ya erecto y lo sacudió un poco frente a los ojos de ella. Cecilia, como entendiendo un lenguaje cotidiano, dibujó una cara de desesperanza pero se acercó en seguida. Hincada, comenzó una felación abrupta completamente mecánica. Chupar ese pene no era parte del trato, pero ella lo comenzó a hacer después de la primera vez que la violaron sin lubricante. Luego de un par de intentos de salivar, Cecilia se dio por vencida, decidió que el hambre sería mayor que su dolor y se dió la vuelta. Ella, asemejando a los perros callejeros que Juan caza, apoyó sus manos y rodillas en el suelo, se bajó los harapos para sacar un par de nalgas redondas y claras marcadas por otros encuentros violentos. Para Juan esas cicatrices no hicieron más que agrandar la curiosidad por ese cuerpo distinto al suyo.
El Lobo no tuvo la precaución de buscar un ángulo cómodo o de abrirle los labios a Cecilia, simplemente dejó que ese pene venoso lo guiara hacia ella, a sus adentros y a sus gritos. Juan, que para bajarse el calor del cuerpo sólo se había masturbado, estaba estupefacto. No entendía lo que pasaba, sin embargo, sus instintos rápidamente le encendieron la sangre provocándole una erección. El hombre embestía a Cecilia acompasado por gemidos que escapaban por las rendijas hasta Juan, quien participó en el acto con una masturbación desenfrenada. Juan, quien había apenas aprendido a jalársela hacía unos pocos años, eyaculó casi de inmediato, tuvo tiempo de embarrar el semen en sus ropas antes de regresar a su puesto voyeurista. El Lobo continuó el mismo vaivén hasta clavar sus uñas en la carne de la chica dejando una marca más y, al mismo tiempo, anunciando su orgasmo.
Cecilia, conociendo la naturaleza de la transacción, se aprestó a pedir su pedazo de paloma que devoró con los ojos antes que con la boca. Juan, no entendía cómo podía haber sentido algo tan fuerte sin tocarlo. Hasta se le había olvidado el hambre. Nunca nadie le explicó lo que era el sexo y él, ocupado en sobrevivir, nunca lo preguntó. Sólo sabía que deseaba estar cerca de Cecilia de cualquier forma.
Al día siguiente, antes del alba, el hombre salió de la fábrica. Juan, entumido, aprovechó inmediatamente el tiempo para estirarse y calentarse un poco. Luego, sin saber cómo hacerlo, intentó hablar con Cecilia, —trrriiiiit— pero lo que para él era un claro llamado de atención, para Cecilia resultó ser más bien un chirrido de pájaro.
—trrriiiit— repitió Juan, pero ésta vez más fuerte y posando la mirada en Cecilia, como intentando llamarle con los ojos.
Cecilia puso más atención en aquel ruido raro y, como si algún animalejo se hubiera metido a la fábrica, escudriñaba de un lado para otro.
—Acá— argumentó Juan con una voz vacilante y torpe. No era para menos, dos años sin hablar le dejan a cualquiera fuera de práctica.
—¿Quién eres?— preguntó Cecilia intentando darle rostro a la silueta que se le apareció a contraluz.
—Soy Juan
—Ayúdame Juan, el Lobo me tiene aquí. ¡Sácame por favor!
—¿Hay más personas?
—No, sólo él y yo. ¡Por favor sácame! ¡Ya no quiero estar aquí!
—Voy a ver cómo, al rato regreso.
—¡No te vayas por favor! ¡No me dejes!— Cecilia gritó con todas sus fuerzas intentado convertir su voz en un mecate invisible que lo retuviera. Sin embargo, Juan, bajó por el costado del edificio, buscó una forma de entrar, pero todas las puertas estaban cerradas, las ventanas típicas de una fábrica, eran pequeños rosetones por los que no cabía nadie.
—No te puedo sacar, voy a conseguir con qué— le gritó Juan desde las afueras de la fábrica
—¡No te vayas! ¡Inténtalo! ¡No me dejes!
Juan contesta seco y determinado —No se puede. ¿Te deja sola en las mañanas?
—Si, sólo viene en la noche, pero no te vayas. ¡Por favor! ¡No me dejes!— suplicaba Cecilia, como quien suplica misericordia a una condena de muerte.
Juan ya se había cansado de hablar, su garganta le dolía, así que prefirió irse en silencio pero con la mente llena de ideas.
Al día siguiente Juan regresó, venía armado con una cuerda y un serrucho casero con el que pretendía liberar a Cecilia.
—trrriiit— se anunció Juan
Cecilia inmediatamente lo buscó en el cielo —¡Juan! ¡Creí que no regresabas! ¡Apúrate! ¡Sácame de aquí!— Cecilia, por primera vez en mucho tiempo, dejaba escapar algo de felicidad a través de su mirada enmarcada por lodo de lágrimas secas.
Juan comenzó a serruchar la ventilación, pero por más que serruchaba, no conseguía debilitar la estructura. Se dio cuenta de que podía aventajar si le aventaba una navaja a Cecilia para que se liberase por sí misma. Ella lo logró y, bajo las órdenes de Juan, comenzó a amontonar cualquier tipo de mueble o bulto con el objeto de formar una escalera que la acercara a la ventilación del techo.
La idea parecía buena, pero Juan no había contado con dos cosas: la primera, la resistencia de la ventilación y la segunda, la gran altura de los techos industriales. A Cecilia ya le estaba costando mucho trabajo mantener el equilibrio subiendo cualquier cosa y apenas había llegado a la mitad del camino.
Cuando el sol se tornó carmesí, Juan abandonó cualquier esperanza de que el plan funcionara, por lo que tendrían que esperar lo mejor. Quien sabe, quizás y el hombre ya no regresaría, suele pasar.
El crepúsculo se hizo eterno y la espera ansiosa. El hombre no dio señales de vida hasta muy entrada la noche cuando abrió la puerta y lo primero que notó fue una extraña pila de muebles que llevaron su vista a la ventilación. Luego de que su cerebro procesara la información, sus ojos buscaron a Cecilia en su cárcel y, en el mismo instante en que notó su desaparición, ella misma le saltó a la cara armada con el cuchillo.
Cecilia logró herirlo en un costado, pero el Lobo era lo bastante fuerte para soportarlo y seguir luchando, por lo que la arrojó al piso tan fuerte, que sonó como si hubieran percutido un martillo en la pared. Cecilia no se movió más, en cambio, el Lobo sintió una gran desesperación por asfixia. Era Juan, quien apalancado, lo estrangulaba con una soga en el cuello intentando someterlo, pero el Lobo se estrelló de espaldas a la pared sacándole el aire. Ambos, boqueando para llenar sus pulmones, se embistieron enseguida. La fuerza física del Lobo se hizo patente, fue como si Juan hubiera querido detener un tren y ahora se hubiera convertido en su pasajero al infierno. El Lobo avanzaba con su paliza implacable magullando todos los huesos de Juan, éste tomó esas fuerzas que únicamente un superviviente puede tener y, durante su barrida de suelo, recogió el cuchillo e intentó ensartarlo en el abdomen del contrario. Con el borde de su vista, el Lobo reconoció un brillo de esa hoja ensangrentada y, en un movimiento rápido para cubrirse, desvió la estocada de Juan, para su mala fortuna, hacia su propia entrepierna.
Bajo los efectos de la adrenalina, el Lobo, menospreció el daño, siguió tundiendo a Juan hasta quitarle el cuchillo. El Lobo vio la oportunidad de vender un esclavo y conseguir productos de fuera y, si no lo lograba capturar vivo, comer carne de humano no estaba fuera de su menú. La última palabra la dictó ese pequeño corte inguinal, treinta segundos después, el Lobo, con una pierna carmesí, se desvaneció para nunca más despertar. Juan, con apariencia de carne molida, había resultado vencedor.
—trrriiiiiit
—trrriiiiiit
Cecilia lentamente recobra la consciencia, sus ojos, todavía algo desentonados, le revelan el rostro de Juan, quien la observa despertar. Cecilia esboza una sonrisa, sabe que la lucha ha terminado y que no tendrá que preocuparse el Lobo nunca más. Ya no están en la fábrica, al parecer, es el refugio de Juan y, de alguna forma, las cosas le parecen tener más luz.
Juan, por su parte no deja de sonreír, se acerca a ella, deja en el piso un pedazo de ardilla que recién asó y se saca el pene erecto para blandirlo en la cara de Cecilia.
León de Sombras